Descubrimientos de Jane Goodall sobre los chimpancés que cambiaron la ciencia

Jane Goodall y chimpancés en la naturaleza

La historia de Jane Goodall y sus chimpancés es una de esas pocas aventuras científicas que lo ponen todo patas arriba: qué somos, cómo nos comportamos y dónde trazamos la línea entre humanos y animales. Durante más de seis décadas, esta primatóloga británica observó, con una paciencia casi infinita, la vida de los chimpancés salvajes en Gombe, Tanzania, hasta descubrir comportamientos que nadie imaginaba y que obligaron a reescribir los libros de texto.

Al mismo tiempo, su figura se ha convertido en un símbolo global de activismo, conservación y esperanza. De la joven sin título universitario que viajaba a África con un cuaderno y unos prismáticos pasó a ser Mensajera de la Paz de la ONU, fundadora de un instituto presente en decenas de países y referencia mundial en la defensa de los grandes simios y del planeta. Esta es, con calma y al detalle, la historia de sus hallazgos más importantes y de cómo han transformado nuestra forma de entender a los chimpancés… y a nosotros mismos.

De Jubilee a Gombe: los orígenes de una vocación única

Desde muy pequeña, Jane mostró una fascinación desbordante por los animales y por África. Nació en Londres, en el barrio de Hampstead, el 3 de abril de 1934, hija de Mortimer Herbert Morris-Goodall, hombre de negocios, y de la novelista Margaret Myfanwe Joseph, que firmaba como Vanne Morris-Goodall. Cuando cumplió dos años, su padre le regaló un chimpancé de peluche al que bautizó como Jubilee. Lejos de asustarla, aquel muñeco se convirtió en su compañero inseparable y en el primer paso de una relación de por vida con los grandes simios.

De niña devoraba historias como El libro de la selva, Tarzán o Doctor Dolittle, soñando con vivir entre animales salvajes. No procedía de una familia acomodada, así que ir a la universidad no estaba en los planes inmediatos. En lugar de eso, estudió secretariado y trabajó en distintas empresas, incluida una productora de documentales, mientras ahorraba para cumplir su deseo más profundo: viajar a África.

Con 23 años, en 1957, Jane viajó a Kenia para visitar la granja de una amiga. Allí, siguiendo un consejo, se atrevió a llamar al famoso paleontólogo y antropólogo Louis Leakey, convencida de que él podría guiarla hacia un trabajo relacionado con los animales. Leakey la contrató primero como secretaria en Nairobi y pronto la llevó con su esposa Mary a la Garganta de Olduvai, en Tanzania, núcleo de las investigaciones sobre los primeros homínidos.

Leakey estaba convencido de que estudiar a los grandes simios podía arrojar luz sobre la conducta de los ancestros humanos. Mientras tanto, buscaba a alguien lo bastante paciente, observador y flexible como para pasar años en la selva siguiendo a los chimpancés. Terminó fijándose en Jane, que, sin saberlo, estaba a punto de empezar el estudio de campo sobre chimpancés más largo de la historia.

Aunque entonces no tenía título universitario, Leakey confió en su instinto y consiguió financiación y permisos coloniales para mandarla a la costa oriental del lago Tanganica, a la entonces Reserva de caza de Gombe Stream (hoy Parque Nacional Gombe Stream). Antes, en 1958, la envió a Londres a formarse con expertos como Osman Hill (conducta de primates) y John Napier (anatomía), para que llegara al campo con ciertas bases científicas.

La llegada a Gombe y un nuevo modo de hacer ciencia

Cuando Jane Goodall pisó Gombe por primera vez el 14 de julio de 1960, tenía 26 años y ninguna experiencia académica formal en primatología, pero sí una enorme curiosidad y una capacidad especial para observar. Las autoridades británicas de Tanganica no le permitían vivir sola en aquella zona remota, de modo que su madre Vanne aceptó acompañarla los primeros meses como voluntaria.

El comienzo no fue nada fácil: los chimpancés, muy desconfiados, huían en cuanto veían a «la humana blanca». Durante semanas, Jane apenas podía verlos de lejos con prismáticos, sin lograr acercarse. Su principal reto consistía en que se acostumbraran a su presencia, y para ello recurrió a una mezcla de paciencia extrema, horarios fijos de observación y movimientos muy suaves para no intimidarlos.

Una de las claves de su éxito fue que rompió con la frialdad habitual de la ciencia de la época. En lugar de numerar a los animales, los fue bautizando según su aspecto o carácter: David Greybeard (Barba Gris), Goliath, Flo, Fifi, Mike, Humphrey, Gigi, Mr. McGregor, entre muchos otros. Para gran parte de la comunidad científica, aquello rozaba el sacrilegio: poner nombres implicaba, según se pensaba, perder objetividad y caer en el antropomorfismo.

Goodall, sin embargo, estaba convencida de que los chimpancés tenían personalidades diferenciadas, emociones y mentes complejas. No dudó en describir en sus cuadernos la infancia, la adolescencia, las motivaciones, los estados de ánimo y los vínculos afectivos que observaba. Décadas después, esos mismos términos que le valieron tantas críticas serían aceptados de forma generalizada en etología y psicología animal.

En paralelo, Jane fue desarrollando un método de estudio a largo plazo: seguir durante años a los mismos individuos y familias para registrar cambios en sus relaciones, jerarquías y comportamientos. Este enfoque de observación prolongada y detallista se convirtió luego en un estándar de la primatología moderna, y su centro de investigación en Gombe acabó generando centenares de artículos, tesis y libros.

El descubrimiento de las herramientas: adiós al «homo faber» exclusivo

Uno de los momentos clave de la carrera de Jane llegó cuando observó a un macho adulto, David Greybeard, introducir tallos de hierba en un termitero, esperar a que se cubrieran de termitas y sacarlos para comérselas. Poco después vio a otros chimpancés arrancar pequeñas ramas, deshojarlas y emplearlas de la misma manera, es decir, modificando un objeto para hacerlo más eficaz.

Aquello rompía de lleno la idea, profundamente arraigada, de que solo los humanos podían fabricar y usar herramientas. Hasta entonces, la definición de «hombre» (homo faber) se apoyaba precisamente en esa supuesta exclusividad. Cuando Louis Leakey recibió la noticia, respondió con una frase que se haría legendaria: ahora debíamos redefinir al hombre, redefinir las herramientas o aceptar a los chimpancés como humanos.

La trascendencia de ese hallazgo fue enorme. Mostraba que los chimpancés eran capaces de planificar, modificar objetos y transmitir técnicas de un individuo a otro, algo muy parecido a lo que llamamos cultura. Estudios posteriores en otras poblaciones, tanto en África occidental como central, han confirmado la existencia de tradiciones diferentes en el uso de herramientas según cada grupo, lo que refuerza la idea de variaciones culturales primitivas.

Goodall documentó estos comportamientos de manera exhaustiva a lo largo de los años y los plasmó de forma sistemática en su obra científica más importante, The Chimpanzees of Gombe: Patterns of Behavior, donde analizó en detalle dos décadas de observaciones de uso de herramientas y otros hábitos sociales y ecológicos.

Este descubrimiento no solo transformó la primatología, sino que obligó a reflexionar filosóficamente sobre la continuidad entre humanos y otros animales. Si un chimpancé puede fabricar herramientas sencillas, cooperar para cazar o mostrar empatía, la frontera que nos separa del resto del reino animal ya no parece tan nítida.

¿Vegetarianos? Jane demuestra que los chimpancés también cazan

Otro gran golpe a las ideas establecidas vino cuando Jane comprobó que los chimpancés de Gombe no eran exclusivamente vegetarianos, como se creía. A través de largas jornadas de seguimiento, observó cómo se organizaban para acechar y capturar pequeños mamíferos, sobre todo monos colobos rojos, pero también crías de otros animales como pequeños cerdos salvajes.

En una de las escenas más conocidas, describió a varios machos coordinándose para aislar a un colobo en lo alto de un árbol, bloqueando sus rutas de escape mientras uno trepaba para atraparlo. Tras la captura, el grupo se repartía la carne entre feroces chillidos y solicitudes insistentes de quienes no habían participado directamente en la caza, pero reclamaban parte del botín.

Estos comportamientos de caza cooperativa y consumo de carne mostraban que la dieta de los chimpancés incluía una proporción significativa de proteína animal, hasta el punto de que se estima que pueden depredar cada año un porcentaje notable de la población de colobos de ciertas zonas. De nuevo, esto obligó a revisar concepciones demasiado idealizadas sobre la supuesta mansedumbre de estos primates.

Las observaciones de Goodall y de sus colaboradores también revelaron lo selectivo de estas cazas: a veces los grupos invertían largo tiempo en acechar a presas concretas, lo que sugiere una combinación de oportunismo y estrategia. Este tipo de estudios ha servido para trazar paralelismos (con todas las cautelas) con algunas dinámicas de caza en humanos primitivos.

La inclusión de carne en la dieta se suma a otros hallazgos que subrayan la complejidad ecológica de los chimpancés, capaces de explotar recursos muy variados en su hábitat (frutos, hojas, insectos, termitas, nueces que rompen con piedras, etc.), y de adaptar sus comportamientos a la disponibilidad estacional de alimentos.

Guerra, violencia y el lado oscuro de los chimpancés

Si algo sacudió de verdad la imagen pública de los chimpancés fue el descubrimiento de que podían organizarse para matar a miembros de otros grupos e incluso aniquilar comunidades vecinas. Entre 1974 y 1978, Jane documentó con enorme dolor lo que más tarde se conocería como la Guerra de los Chimpancés de Gombe.

En aquel conflicto, el grupo principal de Gombe, conocido como Kasekela, acabó enfrentándose a otro grupo, Kahama, formado por antiguos miembros escindidos. A lo largo de cuatro años, varios machos de Kasekela llevaron a cabo ataques organizados, acechando a individuos aislados de Kahama hasta prácticamente eliminarlos.

Goodall fue testigo directo de escenas de violencia extrema, agresiones coordinadas y comportamientos que incluían palizas prolongadas, mordiscos graves e incluso episodios de canibalismo entre hembras dominantes que mataban a crías de otras hembras para mantener su posición social. Ella misma reconoció que le costó mucho asumir ese lado brutal de unos animales a los que quería profundamente.

Estos hallazgos cambiaron la visión romántica de los chimpancés como criaturas pacíficas y reforzaron la idea de que comparten con nosotros una capacidad inquietante para la agresión organizada. Al mismo tiempo, también se observaron numerosos ejemplos de compasión, cooperación, adopción de huérfanos y expresión de duelo tras la muerte de familiares cercanos, lo que dibuja un cuadro emocional muy complejo.

Algunos investigadores han sugerido que la alimentación suplementaria que se practicó en los primeros años de Gombe pudo incrementar la intensidad de ciertas agresiones, al alterar la dinámica de competencia por recursos. Jane reconoció que el aprovisionamiento había influido en la agresividad dentro y entre grupos, aunque defendió que no había creado de la nada comportamientos que no existieran ya.

Personalidades, familia y vínculos afectivos

Uno de los aportes más profundos de Jane Goodall fue mostrar que los chimpancés poseen individualidades tan marcadas que resulta inevitable hablar de carácter, temperamento y rasgos propios. En sus escritos describe a cada individuo con una riqueza de matices que, durante años, escandalizó a parte de la comunidad científica.

Hembras como Flo, con su nariz bulbosa y orejas rasgadas, se hicieron célebres por su carácter maternal y su alto estatus social. Sus hijos —Figan, Faben, Freud, Fifi y Flint— fueron seguidos a lo largo de décadas, convirtiéndose en un auténtico árbol genealógico vivo que permitió estudiar cómo se heredan posiciones sociales, estilos de crianza y estrategias para ascender en la jerarquía.

Otros individuos, como Mike, pasaron de una posición subordinada a macho alfa utilizando no tanto la fuerza bruta como la astucia y la innovación: se hizo famoso por usar bidones de metal para producir un estruendo impresionante durante sus exhibiciones, lo que intimidaba a sus rivales y reforzaba su prestigio.

Jane también observó numerosos gestos que en humanos asociaríamos con muestras de cariño: abrazos, besos, palmadas en la espalda, cosquillas y juegos que fortalecen los lazos entre madres, hijos, hermanos y amigos cercanos. Cuando un chimpancé sufre una pérdida o una lesión, otros se acercan a consolarlo, se acicalan mutuamente o simplemente se sientan muy cerca, lo que sugiere una empatía notable.

Al describir la relación madre-hijo, Goodall subrayó la enorme importancia de las experiencias tempranas en el desarrollo posterior del individuo, algo que resonó con los hallazgos de la psicología infantil humana. Sus observaciones de duelo, separación y trauma en chimpancés han sido fundamentales para entender los efectos de la orfandad y la falta de cuidados en primates.

Gombe, un laboratorio natural irrepetible

El Parque Nacional Gombe Stream, con sus apenas 35 km² en la orilla oriental del lago Tanganica, se ha convertido en uno de los lugares más emblemáticos de la biología del comportamiento. Lo que empezó en 1960 como una pequeña estación de observación se transformó, con los años, en el Gombe Stream Research Centre, un referente mundial.

Allí se han generado más de 350 artículos científicos y unas 50 tesis doctorales, además de numerosos libros y documentales que han acercado al gran público el día a día de los chimpancés salvajes. La continuidad del proyecto, con registros acumulados durante décadas, permite estudiar cuestiones tan complejas como el envejecimiento, los cambios generacionales, la transmisión cultural o los efectos de enfermedades a largo plazo.

Por Gombe han pasado investigadoras e investigadores clave en primatología y antropología evolutiva. Uno de los trabajos más delicados ha sido la recopilación y archivo de todos los cuadernos de campo, fotografías y vídeos de Jane y de su equipo. Para evitar que se perdiera esa información, el Instituto Jane Goodall creó un centro de archivo en la Universidad de Minnesota, y posteriormente los fondos se trasladaron a la Universidad de Duke, donde se han digitalizado y cargado en una base de datos en línea.

La inmensa cantidad de datos obtenidos en Gombe hizo posible, por ejemplo, reconstruir genealogías completas, estudiar la aparición de mellizos, documentar enfermedades, analizar paternidades mediante ADN extraído de heces y comparar comportamientos entre distintas épocas. Pocas poblaciones animales han sido seguidas con tanto detalle durante tanto tiempo.

Además, Gombe fue el escenario de numerosos documentales, empezando por Miss Goodall and the Wild Chimpanzees en los años 60, rodado por el fotógrafo Hugo van Lawick, primer marido de Jane. Ese material audiovisual, junto con obras posteriores como Among the Wild Chimpanzees, Jane o Jane Goodall: La gran esperanza, ha sido clave para que millones de personas pudieran ver con sus propios ojos la vida cotidiana de los chimpancés.

Del campo al activismo global: Instituto Jane Goodall y Roots & Shoots

Aunque Jane siguió vinculada científicamente a Gombe, a mediados de los años 80 decidió abandonar el trabajo de campo diario para centrarse en la conservación, la educación y la defensa del bienestar animal. Ella misma ha contado que un congreso de primatología en 1986, en el que se presentaron durísimos informes sobre la destrucción de hábitats y el maltrato a los grandes simios en laboratorios y circos, supuso un punto de inflexión.

Ya en 1977 había fundado el Instituto Jane Goodall (JGI), una organización dedicada a proteger a los chimpancés y sus ecosistemas, así como a mejorar la vida de las comunidades humanas que conviven con ellos. El JGI, hoy con alrededor de treinta oficinas en distintos países, desarrolla proyectos de conservación basada en la comunidad, reforestación, educación ambiental y rescate de primates.

En 1991 puso en marcha Roots & Shoots (Raíces y Brotes), un programa educativo juvenil que nació en Tanzania con un pequeño grupo de adolescentes preocupados por la destrucción de la naturaleza y los problemas sociales que veían a su alrededor. Lo que empezó como una reunión en el porche de su casa en Dar es-Salam se ha convertido en una red presente en más de 60-100 países (según las fuentes) y miles de grupos activos.

Roots & Shoots anima a niños, niñas y jóvenes a diseñar proyectos concretos para mejorar su entorno: desde campañas de reciclaje hasta reforestación, protección de animales locales o apoyo a comunidades vulnerables. La filosofía es sencilla pero poderosa: cada persona puede marcar una diferencia, por pequeña que parezca, y la suma de muchas acciones locales genera un impacto global.

El activismo de Jane también la ha llevado a implicarse en causas como el Great Ape Project, que propone extender ciertos derechos básicos (libertad, protección contra la tortura, integridad física) a los grandes simios no humanos, así como campañas contra la experimentación invasiva con primates, la cría intensiva de animales de granja y el tráfico de fauna salvaje.

Reconocimientos, premios y proyección cultural

El impacto del trabajo de Jane Goodall se ha visto reflejado en una impresionante lista de premios, honores y distinciones otorgados por instituciones científicas, gobiernos y organizaciones de todo el mundo. Entre los más destacados, figura el Premio Kyoto en Ciencia Básica, la Medalla Benjamin Franklin en Ciencias de la Vida, el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, el Premio Tyler y la Legión de Honor francesa.

En el ámbito británico, fue nombrada Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico, recibiendo la distinción en el Palacio de Buckingham, y más tarde Mensajera de la Paz de las Naciones Unidas, designación otorgada por Kofi Annan en 2002 en reconocimiento a su labor en favor de la paz, el medio ambiente y los derechos de los animales.

Ha recibido decenas de doctorados honoris causa por universidades de Europa, América, África y Asia, consolidando su figura no solo como investigadora, sino también como divulgadora y referente moral. La UNESCO, la National Geographic Society y múltiples academias científicas la han reconocido como una de las grandes figuras de la biología y la conservación del siglo XX y comienzos del XXI.

Su presencia se ha filtrado también en la cultura popular: ha sido homenajeada en series de animación, campañas publicitarias y proyectos artísticos. Apareció en la campaña «Think Different» de Apple, ha participado con su voz en proyectos como «Symphony of Science» y ha sido inspiración para personajes de series como The Wild Thornberrys o parodias en Los Simpson. Incluso Lego y Mattel le han dedicado sets y muñecas dentro de colecciones que celebran a mujeres que inspiran.

Más allá del escaparate mediático, lo relevante es que su figura ha ayudado a que generaciones enteras se interesen por la primatología, la ética animal y la conservación, especialmente muchas jóvenes que vieron en ella un modelo de científica comprometida y cercana.

Obra escrita y legado intelectual

El trabajo de Jane Goodall no se limita a sus cuadernos de campo; también se ha volcado en una amplia producción de libros científicos y de divulgación, tanto para adultos como para público infantil y juvenil. Entre sus obras más influyentes se encuentra In the Shadow of Man, donde relata sus primeros años en Gombe y presenta a los chimpancés como individuos con historia propia.

Su magnum opus científica es The Chimpanzees of Gombe: Patterns of Behavior, una obra monumental en la que sistematiza décadas de datos sobre ecología, relaciones sociales, reproducción, uso de herramientas y comunicación en los chimpancés de Gombe. Este libro se ha convertido en referencia obligada para cualquiera que investigue comportamiento de primates.

En el terreno más personal, títulos como Through a Window o Reason for Hope combinan memorias, reflexiones espirituales y narración de descubrimientos, ofreciendo una visión íntima de sus dudas, miedos, alegrías y convicciones. También ha coescrito obras sobre ética animal y conservación, como The Ten Trusts o libros centrados en especies amenazadas.

Para los más jóvenes, Jane ha firmado numerosos cuentos y libros ilustrados, como My Life with the Chimpanzees, The Chimpanzee Family Book o historias como Dr. White y The Eagle & the Wren, con los que busca trasladar su mensaje de respeto hacia todos los seres vivos a las nuevas generaciones desde edades tempranas.

Aunque ha habido algún tropiezo, como el caso del libro Seeds of Hope, en el que se detectaron fragmentos sin acreditar adecuadamente, Jane asumió el error públicamente y se comprometió a revisar las referencias, mostrando también ese lado humano de una figura muchas veces idealizada.

Controversias metodológicas y debates científicos

El papel de Jane Goodall en la ciencia no ha estado exento de debates y críticas metodológicas. Desde el inicio, su decisión de poner nombres a los chimpancés y hablar de emociones y personalidad fue tachada de antropomorfismo. Con el tiempo, sin embargo, la mayor parte de la comunidad científica ha reconocido que su enfoque abrió la puerta a una comprensión más rica de la mente animal.

Otra fuente de polémica ha sido el uso de estaciones de alimentación para atraer a los chimpancés, especialmente en los primeros años de Gombe. Algunos primatólogos han defendido que este aprovisionamiento artificial podría haber exacerbate la agresión, alterar patrones de forrajeo y favorecer conflictos intergrupales, incluida la famosa guerra de Gombe.

Investigadoras como Margaret Power han cuestionado hasta qué punto los datos recogidos bajo esas condiciones reflejan la «conducta natural» de los chimpancés. Otros, como Jim Moore, han rebatido estas críticas, argumentando que en poblaciones no aprovisionadas se han observado niveles comparables de agresión y dinámicas territoriales similares.

La alimentación fue una herramienta casi imprescindible al principio para poder observar con detalle las interacciones sociales, sin la cual buena parte del conocimiento acumulado no existiría. Reconoció que se habían generado distorsiones en la intensidad de ciertos comportamientos, pero sostuvo que la naturaleza básica de la agresión y las jerarquías ya estaba presente.

Vida personal, espiritualidad y últimos años

La trayectoria de Jane Goodall no puede separarse del todo de su historia personal y afectiva. En 1964 se casó con el fotógrafo de National Geographic Hugo van Lawick, quien documentó con miles de fotografías y horas de metraje su trabajo en Gombe durante las décadas de 1960 y 1970. Tuvieron un hijo, Hugo Eric Louis, y se divorciaron en 1974.

Más tarde, en 1975, contrajo matrimonio con Derek Bryceson, político tanzano y director de parques nacionales. Su posición le permitió proteger el proyecto de Gombe, limitando el turismo y asegurando un entorno más tranquilo para la investigación. Bryceson falleció en 1980 a causa de un cáncer, dejando a Jane viuda y aún más volcada en su trabajo y en su naciente papel de figura pública.

En el plano espiritual, Jane ha expresado una visión abierta: afirma creer en una fuerza espiritual mayor, algo que siente de forma especial cuando está en la naturaleza, aunque sin adscribirse estrictamente a una religión concreta. Esa espiritualidad la acompaña en sus charlas, en las que suele apelar a la esperanza y a la responsabilidad moral hacia otros seres.

[relacionado url=»https://www.cultura10.com/delfines-con-alzheimer-que-revela-el-mar-sobre-nuestro-cerebro/»]

Hasta poco antes de la pandemia de COVID-19, Goodall mantenía un ritmo de viajes asombroso, pasando más de 300 días al año en conferencias, encuentros con jóvenes, visitas a proyectos de conservación y actos benéficos. Aun con el paso de los años, siguió siendo una voz activa contra la destrucción de ecosistemas, la crueldad hacia los animales y el cambio climático.

Sus últimos años los combinó entre su hogar en Inglaterra y largas giras internacionales. Los obituarios han recogido que falleció a los 91 años, en 2025, durante una gira de conferencias en Estados Unidos, dejando tras de sí una densa red de proyectos, discípulos y admiradores que continúan su labor.

Mirando todo el conjunto, la vida y el trabajo de Jane Goodall forman un relato fascinante en el que se cruzan descubrimientos científicos revolucionarios, una empatía poco común hacia otros seres vivos y un activismo incansable. Demostró que los chimpancés fabrican y usan herramientas, cazan, guerrean, aman, se enfadan y lloran; que sus sociedades están llenas de matices; y que, al observarlos con respeto, inevitablemente acabamos interrogándonos sobre nuestra propia especie. Su legado late hoy en cada estudio de primatología, en cada programa educativo que lleva su nombre y en miles de jóvenes que, inspirados por su ejemplo, han decidido dedicar su vida a cuidar de los animales y del planeta.

[relacionado url=»https://www.cultura10.com/cuantos-tipos-de-hominidos-hay/»]